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Amparo Martínez Alonso 

Algo en ella me dificultaba conciliar el sueño. Tal vez su empeño por voltear alguna de mis preguntas, o ese esfuerzo suyo en desviar temas laborales, o quizás la sombra que oscurecía su mirada cada vez que le hablaba del pleito con mi ex-mujer. Ayer, durante el juicio, lo comprendí todo. La abogada de la parte contraria, luciendo su melena al viento y una de mis mejores camisas bajo la toga, expuso su defensa de forma elocuente y brillante, fulminando el alegato de mi abogado. Consiguió, para su defendida, el reparto más ventajoso de nuestra comunidad de bienes gananciales. Fuera de la sala, entre estrechamientos de manos y felicitaciones, se me acercó. “No podía contártelo. Lo entiendes, ¿verdad?”, me susurró. Yo, un hombre menos solvente que antes del juicio, la abracé. Mis miedos y sospechas habían desaparecido. Me sentí enamorado y orgulloso de ella: ¡la brillante abogada de mi ex-mujer!

 

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