Orgullo de abogado y pandemia
BEATRIZ RABASA SANCHIS Hacía mucho tiempo que no se veían. El olvidado compañero de universidad se encontraba ante él. Todos decían que sería un buen abogado: tenía facilidad de palabra y porte seductor. Por eso, al verle con la chaqueta raída y la mirada esquiva, comprendió que algo había roto ese brillante futuro.
Le preguntó mecánicamente aunque adivinaba las respuestas. Le dijo que había emprendido operaciones arriesgadas en pleno crecimiento económico, y que ahora con el coronavirus habían fracasado. Sin recursos, sin despacho pues no podía pagar ni el suministro de la luz, vagaba como un apestado. El hambre se escapaba a través de la mascarilla. Debía de proteger a su antiguo compañero. Le aconsejó que recurriese a las ayudas para abogados con dificultades. Le miró y de sus ojos brotó un destello de orgullo. No pensaba reconocer la derrota. Y siguió su camino con paso cansino.
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La imagen del abogado derrotado por las circunstancias, pero incapaz de pedir ayuda, refleja muy bien las heridas invisibles que dejó la crisis y cómo no todas las caídas son solo económicas, sino también personales. Curiosamente, esa misma idea de decisiones, orgullo y consecuencias imprevisibles está muy presente en bitlife, el juego de simulación de vida.