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Pablo García Muñiz 

A veces, uno fallece tan repentinamente que ni siquiera tiene tiempo a asimilarlo. Eso le sucedió a mi último cliente. Se negaba a aceptar su muerte porque, decía, tenía aún muchos temas que solucionar: adquirir un nicho, redactar un testamento, regalar un ramo de rosas rojas a su esposa por su cumpleaños, como cada año. Por último, vengarse, vía legal, del hombre que le asesinó. Fue en un callejón, seis disparos a bocajarro a la altura del pecho. Impresionaba ver su torso agujereado.

El día del juicio, al verle sentado a mi lado, su asesino palideció.

– ¡Cómo es posible! -vociferaba, asustado- ¡Yo maté a ese hombre hace meses!
– Señoría -le interrumpí-, tome nota de que el acusado acaba de declararse culpable del crimen.

Satisfecho y con sus deberes hechos, mi cliente no tuvo otra alternativa que desvanecerse ahí mismo delante de todos, sin tan siquiera esperar el auto.

 

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