Imagen de perfilGARCÍA

Luis Bañeres 

García recogió sus cosas tras cincuenta años en el bufete. Dejó únicamente un lápiz menguado encima de su mesa. Lo decía todo de él.
No puede entenderse a una persona como García, sin ese lápiz. Un trocito de madera con corazón de grafito. Corregible, eterno, y contundente. Y donde hubo lápiz, hubo siempre una goma. De esas blancas que olían a nata, y que servían para enmendar un error sin dejar borrones. De las que morían redondeadas.
García fue afable al pactar, y afilado en el litigio. Un niño que creció en tiempos en los que aún no se habían inventado las elecciones, de menú incierto, cuando las tablas de multiplicar se cantaban. Fue becario sin vacaciones, y se especializó en doblar esquinas.
García apreciaba los detalles.
Lo guardaré siempre.
García pensaba con un lápiz y firmaba con tinta.
Me recuerda a alguien bajito que nunca fue pequeño.

 

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