Imagen de perfilCada veintiocho de junio

Luis Bañeres 

Al letrado Julio Montero le decían Julito por amanerado y vistoso, y aunque no fue gay confeso, siempre le sospecharon amores convexos. Cuando oficiaba de turno, tuvo que ayudar a muchos, alegando despiste sexual para evitar el escarnio. Su intervención en sesiones donde se juzgaba el roce entre iguales, resultó fundamental para sentar memoria y preservar muchos armarios.
Sus alegatos sedujeron a tribunales y jurados, con sus característicos cambios de voz, y su gestualidad de esgrima. Julito desplegaba en la sala el arte que le fue prohibido.
Cuando los tiempos se modernizaron y llegó el Orgullo, nunca acudió a ninguna concentración, y el colectivo le evitó la mención por respeto.
Julio Montero tuvo muerte incierta, y algunas lenguas resentidas cantaron sida. Desde aquel día, alguien retira de su lápida las pintadas que aún le dicen Julito, y deja un ramo de violetas.
Eso sucede con puntualidad cada veintiocho de junio.

 

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