Imagen de perfilNO CUENTES LA VERDAD

Ana Isabel Rodríguez Vázquez 

En el momento del accidente mis padres debatían animadamente sobre si me debían inscribir en un campamento de verano.
Era una tarde lluviosa. Una niebla plomiza nos envolvió y, cuando escuchamos el fuerte golpe, ya era demasiado tarde.
Lamentar lo ocurrido y enviar flores no salda las cuentas con la justicia. Tras el atropello, a mi padre lo acusaron de homicidio involuntario, y un pronunciamiento desfavorable podría llevarlo a la cárcel.
El abogado insiste en que mi declaración sería de gran ayuda en el juicio, pero mamá dice que no lo va a permitir y me ofrece asilo entre sus brazos y la prominente curva de su vientre. Papá se muestra tranquilo y me recuerda que, ni bajo juramento, debo confesar que la que conducía el coche aquella tarde era ella.

 

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