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Gabriel Pérez Martínez 

En nuestro reino de cuento, convivimos diferentes animales. Atrás quedaron los problemas de Bambi o Los tres cerditos, pero no siempre estamos de acuerdo.
Soy abogado (y un corzo). Mi cliente es un lobo, dueño de un bar, que desea impedir el acceso a ovejas y cabras. Caperucita, la fiscal, argumenta que eso es discriminatorio. “Seguro que no le importaría tenerlas en su estómago”, añade para ayudar poco.
En mi casa entra quien yo quiero, eso es fundamental. En un negocio privado, debería ser lo mismo, así lo he defendido en cada turno.
Hoy, el juez, un búho que jamás ha perdido la concentración, ha emitido el veredicto poniéndose de mi parte ─¡qué orgullo!─. Mi cliente, pletórico, celebra ahora una fiesta. Al llegar, el portero me señala que no se permiten cabras. Soy un corzo, le digo, pero él y otros muchos insisten en que ven a un cabrito.

 

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