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Carolina Navarro Diestre 

Otra mañana invisible más. Ambas nos cruzamos en los juzgados. Ella guiña los ojos a modo de saludo. Yo arrugo mis labios color burdeos. Son nuestros códigos para este amor invisible. Para este cariño furtivo. Ella se mete en el despacho, yo comienzo a ayudar a mis clientes. Nos juntamos a la hora de comer como dos buenas amigas. «Luego hay una concentración contra la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social», dice ella. «Me da miedo ir», respondo yo. Estamos a 25 de junio de 1978 y el orgullo gay es una quimera. La homosexualidad todavía acontece un estigma, una desviación, una vergüenza. Sin embargo, ahí estamos a las siete de la tarde. Salimos de la calle O’Donnell agarradas de la mano, avanzando por el derecho fundamental de existir. «¿Crees que esto es normal?», pregunto yo. «¿Una fiscal con una abogada de turno de oficio?», responde ella burlona: «Es antinatura».

 

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